Una perversa trama de corrupción, ilegalidad y mentiras que ayudó a Jair Bolsonaro a vencer la primera vuelta de las elecciones brasileñas fue revelada esta semana por el diario Folha de São Paulo y puso al rojo vivo la campaña, que ahora puede terminar en los tribunales. De acuerdo con la investigación de Patricia Campos Mello, una premiada periodista que ya cubrió conflictos armados en Afganistán, Siria y Gaza y fue corresponsal en Washington, un grupo de empresarios ligados al candidato fascista financió ilegalmente, con decenas de millones de reales, un sistema también ilegal de envío de millones de mensajes de WhatsApp con noticias falsas, fotos trucadas y calumnias contra el candidato del Partido de los Trabajadores, Fernando Haddad.

El resultado de este mecanismo, usado con mayor intensidad en la última semana de la campaña, fue una fuerte y rápida alteración de la intención de voto de millones de personas, que llegaron a las urnas engañadas con las mentiras más disparatadas. En algunos estados, como Río de Janeiro, São Paulo y Minas Gerais, el mecanismo influyó en las elecciones para gobernador y senador, con cambios de tendencia de más de 30 puntos con relación a las últimas encuestas, pero el impacto más profundo fue en la elección presidencial y llevó a Bolsonaro no sólo a vencer la primera vuelta sino también a afirmarse como favorito para la segunda.

Cómo funciona el mecanismo

La campaña de Bolsonaro contrató ilegalmente, con dinero no declarado de empresas “amigas”, un servicio que combina el uso sofisticado de extracción y minería de datos con un poderoso sistema de disparo masivo de mensajería instantánea, que fue usado para atacar a sus adversarios con calumnias y difamación del más bajo nivel. No se trata apenas de la posibilidad de enviar millones de mensajes por día, sino también de hacerlo de forma segmentada, usando diversas listas de distribución que permiten direccionar el contenido más adecuado para cada público.

Para ello, por un lado, se compran ilegalmente bases de datos de las telefónicas y otras compañías, además de usar las de los propios candidatos (las únicas que la legislación brasileña permite). Por otro lado, se usa un software que aprovecha la vulnerabilidad de redes sociales como Facebook para extraer datos de millones de usuarios, que son clasificados de acuerdo con la información que cada uno incluyó en sus perfiles: sexo, edad, ciudad de residencia, estado civil, orientación sexual, profesión y una serie de indicios sobre sus intereses y preferencias, de acuerdo a los grupos de los que participa y las páginas a las que les puso “me gusta”.

Una vez que tienen toda esa información, además de enviar mensajes masivos para millones de teléfonos, la usan para crear miles de grupos de WhatsApp administrados por números de los Estados Unidos, donde las restricciones de cantidad de miembros para cada grupo y cantidad de usuarios o grupos a los que un mismo mensaje puede ser enviado simultáneamente son menores. Cada uno de esos grupos sirve para propagar cada mentira mucho más rápido. Y una vez que cada fake news, publicada en blogs o en sitios de internet que simulan ser portales de noticias, o bien divulgada directamente como texto, lleno de mayúsculas y acompañado de memes, videos y fotos trucadas, comienza a circular por WhatsApp y llega a las redes sociales, miles de perfiles falsos o “robots” la replican hasta que se hacen virales. Uno de los mentores de este tipo de campaña sucia es Steve Bannon, un exasesor de Trump involucrado en el escándalo de Cambridge Analytica y patrocina a grupos de racistas y de ultraderecha en todo el mundo. En agosto pasado, Bannon se reunió en Manhattan con uno de los hijos de Bolsonaro, Eduardo, y le ofreció ayuda.

La red virtual de Bolsonaro ya existía antes, pero fue ampliada de forma brutal a través de este mecanismo, dando lugar a un sistema de comunicación y propaganda subterráneo, invisible para quienes no participan, donde cada día “viralizan” decenas de mentiras sobre Haddad, su candidata a vice, Manuela D’Ávila, y otros dirigentes de izquierda. El mecanismo también sirvió para que candidatos locales ligados a Bolsonaro que hace un mes eran perfectos desconocidos saltaran de menos del 10% en las encuestas a más del 40% en las urnas, dejando en ridículo a las encuestadoras, y que otros candidatos que lideraban los sondeos se desplomaran en pocos días, víctimas de las mentiras más perversas sobre ellos y hasta sobre sus familias.

Financiamiento ilegal millonario

Todo esto cuesta muy caro y fue financiado ilegalmente. Un grupo de grandes empresarios vinculados a Bolsonaro contrataba por fuera de la campaña oficial –como si estuviesen prestando servicios privados para sus compañías– a una serie de agencias de estrategia digital encargadas de operar el sistema de envío de mensajes. La Folha identificó como parte de este esquema a las agencias Quickmobile, Yacows, Croc Services y SMS Markets. Cada una de ellas cobraba entre R$ 0,30 y 0,40 por cada mensaje enviado a las bases de datos ilegales, y entre R$ 0,08 y R$ 0,12 a las legales. Cada uno de los contratos individuales realizado por los empresarios que financiaron el mecanismo podía llegar a los R$ 12 millones; en todos los casos, no declarados.

Dos de los empresarios acusados de formar parte del esquema, Luciano Hang y Mário Gazin, aparecen en un vídeo publicado por el propio Bolsonaro a fines de agosto, pidiendo para liquidar la elección en la primera vuelta “así no tenemos que gastar más dinero del que ya gastamos”. Ninguno de ellos aparece en la rendición de cuentas del candidato como aportante legal de su campaña. Hang ya había sido denunciado a la justicia laboral por presionar a los empleados de su empresa, bajo amenaza de despido, para que apoyen a Bolsonaro.

La legislación electoral brasileña, reformada después de la “lava-jato”, prohíbe que cualquier persona jurídica (por ejemplo, empresas) realice cualquier tipo de contribución económica directa o indirecta o preste servicios gratuitos a candidatos. Por otro lado, los candidatos son obligados a declarar cada gasto o donación de terceros (persona física), y no hacerlo es considerado “caja dos”, un crimen gravísimo. Ambos delitos (donación de persona jurídica y “caja dos”) pueden llevar a la impugnación de una candidatura o a la anulación de las elecciones. Por otro lado, la “contratación directa o indirecta de un grupo de personas con la finalidad específica de emitir mensajes o comentarios en internet para ofender la honra o ensuciar la imagen de un candidato” puede ser punida con multa y detención de 2 a 4 años.

El mecanismo ilegal usado por Bolsonaro, por el que Haddad y Ciro Gomes –tercero con el 12,47% en la primera vuelta– lo denunciaron penalmente y pidieron que su candidatura sea impugnada, tuvo un impacto electoral dramático. Tanto que el partido de Ciro pidió al Tribunal Superior Electoral la anulación de la primera vuelta y nuevas elecciones. El TSE y la Policía Federal abrieron investigaciones contra Bolsonaro, pero es poco probable que haya algún resultado antes de la segunda vuelta. Más rápido, WhatsApp inició su propia investigación interna, envió intimaciones extrajudiciales a las empresas involucradas en el fraude y bloqueó cientos de miles de números de Brasil usados para divulgar masivamente noticias falsas a favor de Bolsonaro, además de una serie de números de los Estados Unidos que eran parte del mecanismo.

De las encuestas a las urnas

Del mismo modo que hoy pocos dudan que Jair Bolsonaro será el próximo presidente de Brasil (si, como todo indica, la justicia electoral sigue sin hacer nada), hubo antes, durante mucho tiempo, un consenso entre políticos, periodistas, politólogos y encuestadores: “Bolsonaro puede pasar al balotaje, pero lo pierde contra cualquiera”, ya que el porcentaje de electores que decían que jamás lo votarían superaba al de todos los demás. Tanto es así que, aunque no lo reconocieran, muchos dirigentes del PT preferían que Haddad fuera con él a la segunda vuelta, algo que no parecía garantizado. Hasta cierta altura de la campaña, no era descabellado pensar que el candidato fascista pudiese, en la última semana, caer al tercer lugar, y que el balotaje terminara siendo, otra vez, entre petistas y tucanos.

Sin embargo, fue justamente en la última semana que Bolsonaro forjó su victoria: si tomamos como base la serie de encuestas de Datafolha, entre el 20 de agosto y el 28 de septiembre, el candidato del Partido Social Liberal oscilaba entre 30 y 34% de los votos válidos, subiendo o bajando no más de 2% por semana, dentro del margen de error. Y, en ese mismo período, Haddad crecía sin parar, pasando de 5 a 26%. En las simulaciones de balotaje, Bolsonaro también se mantenía estable, oscilando entre 38 y 41% de los votos totales, mientras que, acompañando la caída de blancos, nulos e indecisos de 32 a 15%, Haddad subía de 29 a 45%. Luego de una meseta en la que quedaron empatados, el 28 de septiembre, según Datafolha, Haddad le ganaba el balotaje a Bolsonaro por 6 puntos. El militar retirado también perdía contra Geraldo Alckmin, por 7 puntos, y contra Ciro Gomes, por 10. En el PT reinaba el optimismo.

Durante la última semana de la campaña, sin embargo, cambió todo. En siete días, Bolsonaro llegó al 40% en las encuestas y, finalmente, sacó el 46%. Haddad sacó el 29%, 4 puntos más que lo que decía la última encuesta, pero sus perspectivas para el balotaje comenzaron a caer drásticamente, acompañando un rápido e inexplicable aumento de su imagen negativa. Y los demás se derrumbaron: Marina, que a fines de septiembre tenía 6%, sacó apenas 1%, y Geraldo Alckmin, que tenía 12%, terminó con 4,7%, el peor resultado del PSDB en su historia, cuarto y sin vencer en ningún estado, luego de haber ganado dos elecciones en primera vuelta con Fernando Henrique Cardoso y pasado al balotaje en las cuatro siguientes, contra Lula y Dilma. Bolsonaro se llevó puesto a todo lo que estaba a la derecha del PT y, en la primera encuesta después de la primera vuelta, le ganaba el balotaje a Haddad por 49 a 36%.

¿Cómo pudo cambiar todo, tanto y tan rápido? ¿Todas las encuestas se equivocaron? La respuesta está, como ya habíamos anticipado en esta columna, en el uso masivo de las fake news, cuya dimensión ahora está más clara por la denuncia de la Folha de São Paulo, un diario cuya línea editorial siempre ha sido “antipetista”, y otras informaciones que presentamos aquí.

Mentiras para todos

Para el director de Datafolha. Mauro Paulino, el mecanismo ilegal usado por Bolsonaro tuvo un impacto directo en el resultado electoral. Citando tanto la elección nacional como las de São Paulo, Minas Gerais y Rio de Janeiro, Paulino cree que la onda final de fake news disparadas los últimos días de la campaña produjo un fenómeno inédito que explica la diferencia entre las últimas encuestas y el resultado, no a nivel presidencial. En Río de Janeiro, el candidato a gobernador apoyado por los hijos de Bolsonaro, Wilson Witzel, un desconocidísimo exjuez del ultraderechista Partido Social Cristiano, estaba cuarto en las encuestas, con 11% de los votos válidos, tres días antes de las elecciones, subió a 17% en la víspera y finalmente sacó el 41,28%, quedando primero. Cambios igualmente asombrosos se vieron en otros estados donde quien lideraba las encuestas terminó tercero o cuarto y quien estaba tercero o cuarto terminó primero.

En la elección presidencial, el efecto del mecanismo fue devastador en términos de destrucción de la imagen de Fernando Haddad, un dirigente respetado, de estilo moderado, que condujo durante siete años el Ministerio de Educación sin ninguna denuncia de corrupción y con excelentes resultados de gestión. Entre las principales mentiras sobre Haddad con las que bombardearon a los brasileños días antes de las elecciones, podemos citar a modo de ejemplo: 1) que, cuando era ministro de Educación, distribuyó en las escuelas un “kit gay”, expresión inventada por Bolsonaro para referirse a un inexistente “manual” para convertir a todos los niños en homosexuales; 2) que tiene una Ferrari, mentira que se popularizó gracias a una foto en la que Haddad conducía un auto de lujo de esa marca, aunque no era suyo y la foto fue tomada en la inauguración de un autódromo, cuando era intendente de San Pablo; 3) que el hombre que apuñaló a Bolsonaro era del PT y aparecía en una foto con Lula, obviamente trucada con Photoshop; 4) que en un libro de Haddad, publicado muchos años atrás y ya agotado, el candidato defendía el incesto y afirmaba que era normal que los padres tuviesen relaciones sexuales con sus hijos; 5) que una de las propuestas del programa de Haddad era legalizar la pedofilia; 6) que una mujer mayor, electora de Bolsonaro, había sido salvajemente golpeada por militantes de la campaña de Haddad (la mentira venía acompañada de una foto de 2013, de una actriz brasileña que había sufrido un accidente); 7) que la candidata a vice de Haddad, Manuela D’Ávila, usaba una remera con la frase “Jesús es travesti” (otra foto trucada); 8) que Lula, cuando viajó a Israel, se había negado a colocar flores en el Museo del Holocausto (de hecho, Lula fue al museo y colocó flores en una ceremonia oficial); 9) que el PT preparaba un enorme fraude electoral con urnas electrónicas compradas en Venezuela (circulaban videos truchos de una urna electrónica que no dejaba votar a Bolsonaro); 10) que Haddad había sido filmado recibiendo coimas (circulaba una nota falsa de un medio del grupo Globo, supuestamente firmada por un periodista que no trabaja allí).

Las anteriores son apenas una pequeña muestra de cientos de mentiras, segmentadas por grupos: por ejemplo, la foto trucada de Manuela iba para grupos evangélicos y la mentira sobre Lula en el Yad Vashem, para grupos de la comunidad judía. En los últimos días de campaña, esas mentiras se escuchaban en la calle, las contaba el conductor del Uber, las repetía el pastor evangélico en el culto, las comentaban en los grupos de papás y mamás de las escuelas.

Una realidad aparte

El lector podrá preguntarse cómo es posible que los brasileños hayan creído en semejantes absurdos. Lo cierto es que el mecanismo funciona. La cantidad de mentiras disparadas por día y la masividad de los envíos, que llegaban a millones de personas, funcionó como un bombardeo fulminante y rápido, del que la campaña de Haddad, desorientada por un fenómeno que no vieron venir, no supo cómo defenderse. Por otro lado, los grupos de WhatsApp produjeron una especie de mundo paralelo, en el que hasta la más absurda teoría conspirativa adquiría credibilidad para sus integrantes, que se encargaban de desparramarla entre familiares, amigos y vecinos.

Y no sólo eso: esa red se transformó en un grupo de pertenencia que produce identidad y el sentimiento de formar parte de un grupo de privilegiados que saben la verdad, por lo que no sólo creen en las fake news y teorías conspirativas, sino que también desconfían de cualquier información que no haya sido validada adentro, donde hay explicación para todo. ¿Los diarios internacionales dicen que Bolsonaro es fascista? “Esos diarios están financiados por George Soros”. ¿El Ministerio de Educación y hasta la maestra de mis hijos confirman que el “kit gay” no existe? “Ellos saben que existe, pero el lobby de la “ideología de género” no les permite decir la verdad”. ¿La mayoría de los artistas se suman al movimiento #EleNão? “Son todos comunistas financiados por el PT”. ¿La televisión muestra que las manifestaciones contra Bolsonaro fueron masivas? “Esas imágenes son del último carnaval”.

La mayoría de los electores de Bolsonaro consume diariamente noticias falsas y está convencida de que son verdaderas. Un fraude electoral gigantesco para el que no fue necesario hackear las urnas, porque fue hackeada la información de los electores. También según Datafolha, 60% de los votantes de Bolsonaro se informa a través de WhatsApp – un fenómeno que la mayoría de los medios tradicionales brasileños, que en la era digital cerraron sus páginas para suscriptores, han ayudado a crecer de forma casi suicida.

(Tomado de TN)

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.