Jota Kintana no abandona el verso y ya está disponible su libro: «El último niño»

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El último niño, así de contundente suena el título de este nuevo libro de Jota Kintana. Acaba de ver la luz y, sin embargo, ya llama la atención por el impetuoso reclamo que ejerce sobre el lector.

¿Pero qué es aquello que evoca la figura de un niño? ¿Acaso la inocencia? Ríos de tinta se han escrito sobre este asunto, pero el autor es bien consciente de ello. Por eso se ha atrevido a dar paso al mensaje abierto, a una composición apta para que cada uno lo moldee a su antojo y siempre, siempre, se manche las manos en el proceso.

“Está bien que el título evoque a cada lector algo distinto, que lo haga propio como lo sienta, con una palabra o muchas”, comenta el autor. Kintana sabe de sobra que un texto muere dentro de los límites en los que se escribió, y que en sus múltiples interpretaciones radica la verdadera vida del mismo. Y de esta forma asume que “quizás la obra despierta más preguntas que respuestas, y acaso se mueve entre la duda y la incertidumbre”.

Este poemario, que se divide en cuatro bloques distintos (“introducción”; “antepenúltimo”; “penúltimo” y “último”) guarda dentro de sí las claves de la poesía pura. Pues, lejos de querer domarla con palabras, Kintana ha sabido dejarse llevar por esa libertad que debe siempre gobernar sobre el acto creativo. De hecho, él mismo confiesa que sus escritos suelen ser los que le llevan a él por derroteros increíbles, y no a la inversa.

El caso es que el último niño del que aquí se habla ni siquiera se termina definiendo, pues se trata de un “último niño que se va construyendo lentamente, poema a poema, creación desde luego interpretable, de tal forma que el lector, ojalá, logre identificar el último niño que en él habite todavía”. Es este un texto hecho para convertirse en tantos otros como lectores se acerquen a él; ese ha sido el logro mayor de Jota Kintana en este nuevo poemario.

Pero El último niño también recupera esa tradición literaria y filosófica sobre el ser inocente, y sobre el camino en el que se acaba perdiendo esa cualidad de pureza. A este respecto, Kintana asume que “es inevitable la traición a nuestro niño interior porque las experiencias que traemos desde la niñez, durante nuestro crecimiento, van cerrando los ojos del corazón (…) Y al cerrar los ojos del corazón abrimos otros que nos deshumanizan”. Por eso la derrota se torna inevitable, y así lo hace saber el autor cuando precipita al lector de un capítulo a otro y hasta llegar al final, al “último”.

Sin embargo, destacable es la forma en que este niño (que no se define, que son varias voces) continúa en un camino avasallado por cuestiones incomprensibles para él, como lo es la violencia de una tortuga machacada o aquellos “gruñidos estúpidos” que “salían de la TV”. El último niño es un intercambio de preguntas y de reconocimientos, apela al lector como agente activo en su interpretación. Jota Kintana retoma así, de una forma renovada, sus acciones democratizadores del arte: si el autor era conocido por regalar sus libros en la calle, ha dado un paso más y ahora regala un texto único a cada lector.